Pocos temas tan controvertidos hay en educación, como el de la evaluación. La postura que se tenga ante ella se deriva de la propia concepción de aprendizaje, y sin embargo, muchas veces resulta contradictoria en la práctica.
En el caso de la educación en ambientes virtuales, no es de otra manera. Se debe reconocer que al considerar un modelo constructivista de aprendizaje, no podemos reducir a la evaluación al mero cumplimiento de objetivos o la repetición memorística de los contenidos. Por el contrario, se debe pensar en la evaluación desde el mismo momento en que se planean las estrategias de enseñanza, puesto que es un elemento más que permitirá el logro de los aprendizajes, e incluso dará otras tantas oportunidades de reflexionar sobre sus aciertos y desaciertos a nuestros estudiantes.
Pensar la evaluación de este modo, flexible y abierto, nos otorga más herramientas y agentes que incluir en tal proceso. Esta es la razón por la que el docente no puede ser considerado el único que puede evaluar en un momento dado, sino el mismo estudiante, a sí mismo, a sus pares, e incluso al docente.
Un modelo de evaluación así concebido nos permitirá entonces desarrollar un ambiente de confianza y crecimiento a la par, donde el error pueda ser visto como una oportunidad de aprendizaje y no como una carga en los hombros del estudiante. Las políticas administrativas que reducen la evaluación a la sumatoria final del "aprobado" pueden ser una piedra en el zapato en este proceso, pero no debemos olvidar que quienes construyen y viven el aprendizaje en el grupo son los únicos que realmente saben de dónde partieron y hasta dónde han llegado en su proceso.
Consideremos pues, en nuestro quehacer educativo, el abanico completo de posibilidades que la evaluación nos ofrece, y hagámoslo el bastión del constante mejoramiento de nuestra práctica de enseñanza.


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